LA NUEVA EPIDEMIA DEL SIGLO
XXI: EL ACOSO
“el acoso se ha hecho necesario
porque, en la mayor parte del mundo civilizado, las antiguas fórmulas de
dominio ya no sirven, y el poder ha de ocultarse para seguir ejerciéndose”
Javier José Matamala Gárcía
5 octubre 2003
El acoso laboral, conocido por el anglicismo
“mobbing”, puede considerarse en la actualidad como una de las “pandemias” más
extendidas en el “mundo desarrollado”; es decir, de aquellos países donde las
libertades del individuo están supuestamente garantizadas por el Estado de
Derecho y la democracia. Sin embargo, la realidad dentro de este modelo social
es bien diferente.
En apenas dos años este término, que ni siquiera existía en la jurisprudencia
española, comienza a ser habitual en los Juzgados de lo Social y Contencioso
Administrativo de nuestro país.
El “mobbing”
persigue la alienación del individuo dentro de su entorno laboral mediante el
acoso moral y psicológico. Para ello se utilizan diferentes técnicas
preestablecidas que podrían resumirse en impedir que el trabajador se exprese,
calumniarlo y difamarlo entre sus compañeros, desacreditar su labor y aislarlo
dentro de su entorno laboral, además de comprometer su salud psíquica y física
mediante un continuo trato vejatorio. El objetivo final es convertir la vida
del trabajador en una “auténtica pesadilla”.
Paradójicamente, el acoso moral y psicológico es
mucho más frecuente dentro de las Administraciones Públicas (General, Autonómica
o Local) que en la empresa privada. Esta es, al menos, la conclusión de la
Agencia Europea de Seguridad y Salud en el Trabajo, la OIT o la Fundación
Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y de Trabajo, así como la de
diferentes estudios públicos y privados que así lo evidencian. El resultado es
que un colectivo importantísimo de empleados públicos padecen “mobbing”, en
detrimento de principios básicos de la Administración y en contra de los
derechos más elementales de los trabajadores.
Esta injustificable prepotencia y reacción despótica de la Administración en
contra de sus propios empleados, evidentemente, no aparece al azar. Según José
Luis González de Rivera “el acoso se ha hecho necesario porque, en la
mayor parte del mundo civilizado, las antiguas fórmulas de dominio ya no sirven,
y el poder ha de ocultarse para seguir ejerciéndose”. Este Doctor en
Medicina, Especialista en Psiquiatría y en Medicina Interna, amén de Catedrático
de Psiquiatría y Psicología Médica, afirma que “el acoso es una enfermedad
cultural insidiosa, que se cobra más víctimas cada año de lo que podemos
imaginar, y que resulta una causa importante de sufrimiento humano, de pérdidas
económicas y de malestar social”. De hecho un elevado porcentaje de las bajas
laborales por depresión y ansiedad están estrechamente ligadas al acoso laboral.
La Administración mantiene una singular relación contractual con sus propios
empleados. La reclamación oficial u oficiosa de derechos laborales, la denuncia
de irregularidades que afectan directamente al trabajador, pueden “activar la
espoleta” sin que el propio empleado sea consciente de las consecuencias de su
“osadía” durante bastante tiempo... hasta que comienza a preguntarse: ¿por qué a
mí?. Si el funcionario “se atreve” a exponer estas situaciones
públicamente y, no digamos, si cuestiona “vox populi” a su propia Administración
mediante artículos, entrevistas, etc., esta “caza de brujas” saltará como una
especie de resorte automático y comenzará un “calvario” de consecuencias casi
inmediatas.
La Administración adolece de un grado de politización infinitamente mayor al de
la mayoría de las empresas privadas. De hecho, algunas Administraciones
viven “para y por el escaparate”, llegando a ser más importantes los logros
“publicitarios” que el propio funcionamiento interno de “la empresa”.
Por este motivo, el “Principio de Peter” es tan frecuente en ámbito público, que
precisa de nescientes que no reparen en las aberraciones que ellos mismos
cometen y que estén apoyados por correveidiles de distinta índole, pero con la
misma falta de escrúpulos y de principios morales, que suelen ser los que actúan
directamente como acosadores durante el proceso del mobbing. De esta forma,
cualquier librepensador o emprendedor activo dentro del gremio público, todo
aquel que destaca por encima de la mediocridad impuesta, suele acabar siendo
considerado “cabeza de turco”, ante la ausencia de la capacidad de autocrítica
y, mucho menos, de crítica “ajena”. El profesor Heinz Leymann describe
“el síndrome de rechazo de cuerpo extraño” para designar “a aquellos
sujetos que, pertenecientes a una organización, generan un cierto reparo en los
demás por sus posturas de libertad”.
Así, el “perfil de las víctimas del mobbing”, según algunos autores como el
profesor Iñaki Piñuel, corresponde a “personas con frecuencia brillantes
en su trabajo que, por tanto, despiertan celos profesionales entre algún
compañero no tan destacado y, en muchos casos, no son conscientes de que están
padeciendo este fenómeno”. Entre los “factores de riesgo” para ser
víctima del mobbing, este especialista destaca “a personas atípicas,
demasiado competentes, que se resisten a la “homologación” social o empresarial,
que cuestionan sistemáticamente los métodos de organización de trabajo que les
vienen impuestos, que no tienen una red social de apoyo, representantes
sindicales, mujeres embarazadas, mayores de 55 años, etc”.
El profesor Schuster distingue una serie de individuos en riesgo para padecer
este tipo de agresión como “los envidiables, personas brillantes y con
cierto atractivo, pero consideradas peligrosas o competitivas por el resto del
grupo porque sus lideres se sienten cuestionados por su mera presencia; y los
amenazantes, activos, eficaces y trabajadores, que ponen en evidencia lo
establecido y pretenden llevar a cabo reformas o implantar una nueva cultura”.
En cualquier caso, para combatir el “mobbing” lo primero y esencial es tomar
conciencia del problema, buscar aliados entre otros afectados, profesionales y
sindicatos que puedan ayudar a enfocar el problema en sus aspectos jurídico y
psicológico, además de luchar sin odio –esto es realmente importante-. Según
el psicólogo, psicopedagogo y escritor Bernabé Tierno Jiménez, a la hora de
definir al acosador afirma que “casi siempre encontraremos que se trata de
una persona fracasada, frustrada, descontenta consigo misma, envidiosa y
orgullosa. En definitiva, una persona desgraciada que se siente "feliz" y
liberada viéndonos desgraciados”.
Luchar contra el mobbing es complejo, especialmente porque es difícil
demostrarlo ante los tribunales y porque existe un vacío legal importante dentro
del ámbito de la Unión Europea, donde son notables los esfuerzos legislativos
emprendidos por países como Francia, Bélgica y Suecia.
En este sentido, destaca el anuncio que en enero de este año, realizara la
Consejería de Justicia y Administración Pública de la Junta de Andalucía, donde
afirmaba que se “tipificará como infracción muy grave el acoso moral y
psicológico que sufran los trabajadores de la Administración autonómica”, dentro
del anteproyecto de la futura Ley de Función Pública que contempla en su
artículo 39 las sanciones que serán susceptibles de imponer cuando la
Administración detecte estos casos. En esta misma nota, que apareciera publicada
el 13 de enero de 2003 en el diario Ideal, El Director General de la
Función Pública, Vicente Vigil-Escalera, asegura que “no tenía conocimiento de
que funcionarios de la Administración Andaluza hayan sufrido este fenómeno” –a
los incrédulos que consulten las hemerotecas-.
Parece que una
Administración “tan exquisitamente sensible” a los problemas de sus funcionarios
–regulados por dicha Ley-, capaz de mantener a más de 5.000 trabajadores como
“interinos residuales” –según denominación de la Junta de Andalucía-, con una
antigüedad media en sus puestos de trabajo de más de 12 años; una Administración
incapaz de resolver este tema resuelto desde hace años en otras Comunidades
Autónomas, que recurre cada vez que un juzgado resuelve favorablemente las
reclamaciones de este colectivo, como es el derecho a cobrar los trienios por la
antigüedad de los servicios prestados o consolidar su puesto de trabajo, tiene
poca o ninguna fuerza moral, ni credibilidad como para afirmar que va a luchar
contra el acoso laboral de sus empleados públicos, a la vez que afirma que no
tiene constancia de este problema.
La justicia y la libertad no son derechos
pasivos, que se han de esperar como el maná bíblico, sino que constituyen
obligaciones por las que luchar diariamente y exigir su justo cumplimiento ante
la soberbia de una gran cohorte de cascaciruelas que se consideran diferentes al
resto de los mortales.
Para finalizar, tomando nuevamente una frase prestada del Dr. González de
Rivera: “si eres un acosador, si nadie puede ser mejor que tu, si estás
convencido de que la fuerza es la única razón y de que tu dominio ha de
mantenerse a toda costa, permite que te diga, con todo mi cariño, que eres un
hijo de puta”.

José Javier Matamala García
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