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Artículo del intelectual francés
recientemente fallecido Pierre Bourdieu, comprometido con la construciión de
una Europa Social real.
Más de un neoliberal que hay por ahi se quedará con cara de
haba al leerlo.
[Aludidos, se les permite responder con su inabarcable raciocinio ;) ]
Clarín (1999)
Los gobiernos socialdemócratas, que son mayoría en
Europa, están liquidando las
conquistas sociales · Es preciso, entonces, diseñar otras formas de lucha
contra
la precarización a nivel internacional. Los sindicatos tienen un rol clave en
la
creación de nuevas solidaridades que trasciendan los límites de cada país
Cuando uno habla de Europa, no es fácil que lo entiendan. El campo
periodístico,
que filtra e interpreta todos los discursos según su lógica más típica, la del
"a favor o en contra", intenta imponer a todos la débil opción que se le
impone
a él: estar "a favor" de Europa -es decir, ser progresista, moderno, liberal-
o
no estarlo -y condenarse al arcaísmo, al pasatismo, al lepenismo, casi al
antisemitismo... Como si no hubiera otra opción legítima que la adhesión
incondicional a Europa tal como es y se prepara a ser: reducida a un banco y
una
moneda única y sometida al imperio de la competencia sin límites.
Para eludir esta alternativa grosera no basta con hablar de una "Europa
social".
Aquellos que, como los socialistas franceses, han apelado a este señuelo
retórico, sólo llevan a un grado de ambigüedad superior las estrategias del
"social-liberalismo" a la inglesa, ese thatcherismo apenas rebajado que para
venderse utiliza en forma oportunista el simbolismo, reciclado mediáticamente,
del socialismo. Es así como los socialdemócratas que hoy están en el poder en
Europa pueden contribuir, en nombre de la estabilidad monetaria y el rigor
presupuestario, a liquidar las conquistas sociales más admirables de los dos
últimos siglos y destruir la esencia misma del ideal socialista: grosso modo,
la
ambición de reconstruir en forma colectiva las solidaridades amenazadas por el
juego de las fuerzas económicas. Así, trabajan para inventar el "socialismo
sin
lo social", que asesta el golpe de gracia a la esperanza socialista tras las
"experiencias" criminales del "sovietismo" que les sirven de coartada.
Para quienes podrían juzgar excesivo este cuestionamiento, he aquí algunas
preguntas:
-
¿no es tristemente significativo que, cuando su acceso casi
simultáneo a la conducción de numerosos países europeos abre a los
socialdemócratas la oportunidad de concebir en común una verdadera política
social, no se les ocurre ni siquiera explorar las posibilidades de acción
política que se les ofrecen en materia fiscal, de empleo, formación o vivienda
social?
-
¿No es revelador que no intenten siquiera contrarrestar el proceso de
destrucción de las conquistas sociales del Estado de Bienestar, por ejemplo
instaurando en la zona europea normas sociales comunes en materia de salario
mínimo, jornada laboral o formación profesional de los jóvenes?
-
¿No es
chocante
que se reúnan para fomentar el funcionamiento de los "mercados financieros",
en
vez de controlarlos con medidas colectivas como la instauración de un régimen
tributario internacional del capital (con particular incidencia en los
movimientos especulativos a corto plazo) o la reconstrucción de un sistema
monetario que garantice la estabilidad de las relaciones entre las economías?
-
¿Y
no es difícil aceptar que el exorbitante poder de censura de las políticas
sociales que se les otorga a los "guardianes del euro" impide financiar un
gran
programa público de desarrollo económico y social europeo en el campo de la
educación, la salud y la seguridad social?
El espectro de la mundialización Es evidente que, dado lo preponderante que
son
los intercambios comerciales intraeuropeos en el conjunto de los intercambios
de
los diferentes países de Europa, los gobiernos de estos países podrían
implementar una política común destinada a limitar la competencia intraeuropea
y
resistir en forma colectiva la competencia de las naciones no europeas y, en
particular, las imposiciones estadounidenses. Esto, en lugar de invocar el
espectro de la "mundialización" para que se acepte el programa regresivo que
el
empresariado viene promoviendo desde los años setenta: reducción de la
intervención pública, movilidad y flexibilidad de los trabajadores, ayuda
pública a la inversión privada mediante asistencia fiscal, reducción de los
aportes patronales, etcétera. En pocas palabras, al no hacer prácticamente
nada
en favor de la política que profesan, a pesar de que están dadas todas las
condiciones para que puedan concretarla, revelan claramente que no quieren
esta
política.
La historia enseña que no hay política social sin un movimiento social capaz
de
imponerla (y que no es el mercado, como se intenta hacer creer hoy, sino el
movimiento social el que "civilizó" la economía de mercado, contribuyendo así
en
gran medida a su eficacia). Así, para quienes realmente quieren oponer una
Europa social a una Europa de los bancos y la moneda, flanqueada por una
Europa
policial, penitenciaria y militar, la cuestión es saber cómo movilizar las
fuerzas capaces de llegar a este fin y a qué instancias pedirles el trabajo de
movilización. Evidentemente, pensamos en la Confederación Europea de
Sindicatos.
Pero nadie contradecirá a los especialistas que, como Corinne Gobin, muestran
que el sindicalismo a nivel europeo se comporta como "socio" preocupado por
participar en el decoro y la dignidad de la gestión de los asuntos europeos,
llevando adelante una acción de lobbying según las normas del "diálogo", caro
a
Jacques Delors. No se puede negar que casi no se esforzó por obtener los
medios
para contrarrestar eficazmente los designios del empresariado (organizado en
la
Unión de Confederaciones de la Industria y los Empleadores Europeos) e
imponerle, con las armas clásicas de la lucha social -huelgas, manifestaciones-,
verdaderas convenciones colectivas a escala europea.
No pudiendo esperar de la Confederación Europea de Sindicatos que se pliegue
por
ahora a un sindicalismo resueltamente militante, es forzoso recurrir primero,
provisoriamente, a los sindicatos nacionales. Pero sin pasar por alto los
obstáculos inmensos a la "conversión" que deberán hacer para escapar a la
tentación tecnocrático-diplomática a nivel europeo y a las rutinas que tienden
a
encerrarlos en los límites de lo nacional.
Y esto, en un momento en que, bajo
el
efecto de la política neoliberal y las fuerzas abandonadas a su lógica -por
ejemplo, con la privatización de grandes grupos de trabajo y la multiplicación
de los "pequeños trabajos" aislados en el área de servicios, temporarios y de
tiempo parcial-, las bases mismas de un sindicalismo de militantes se ven
amenzadas, como lo testimonian la caída de la sindicalización y la débil
participación de los jóvenes, sobre todo los nacidos de la inmigración, que
suscitan tantas inquietudes y que casi nadie sueña con movilizar.
Rupturas radicales El sindicalismo europeo que podría ser el motor de una
Europa
social debe ser inventado, y no puede serlo más que al precio de toda una
serie
de rupturas más o menos radicales: ruptura con los particularismos nacionales
de
las tradiciones sindicales, siempre encerradas en las fronteras de los
estados,
de los que esperan los recursos indispensables para su existencia y que
delimitan sus objetivos y campos de acción; ruptura con un pensamiento
concordatario que tiende a desacreditar el pensamiento y la acción críticos y
a
valorar el consenso social al punto de alentar a los sindicatos a participar
de
una política tendiente a hacer que los dominados acepten su subordinación;
ruptura con el fatalismo económico, alentado por el discurso
mediático-político
sobre las necesidades ineluctables de la "mundialización", el imperio de los
mercados financieros y hasta la conducción misma de los gobiernos
socialdemócratas que, al prolongar la política de los gobiernos conservadores,
hacen que ésta aparezca como la única posible; ruptura con un neoliberalismo
hábil para presentar las exigencias inflexibles de contratos de trabajo
leoninos
bajo la apariencia de la "flexibilidad" (por ejemplo, con negociaciones sobre
la
reducción del horario de trabajo y la ley de las 35 horas, que encierran todas
las ambigüedades de una relación de fuerzas cada vez más desequilibrada);
ruptura con un "socialiberalismo" de gobierno propenso a dar a las medidas de
desregulación que favorecen las exigencias patronales la apariencia de
conquistas de una verdadera política social.
Este sindicalismo renovado convocaría a agentes movilizadores animados de un
espíritu internacionalista y capaces de superar los obstáculos vinculados a
las
tradiciones jurídicas y administrativas nacionales y a las barreras que
separan
las ramas y categorías profesionales, las clases de género, edad y origen
étnico. Es paradójico que los jóvenes, en especial los provenientes de la
inmigración -tan presentes en los fantasmas colectivos del miedo social-,
tienen
en las preocupaciones de partidos y sindicatos progresistas un lugar
inversamente proporcional al que les acuerda en toda Europa el discurso sobre
la
"inseguridad". ¿Cómo no esperar una suerte de internacional de los
"inmigrantes"
que una a turcos, kabilas y surinamitas en la lucha que podrían encabezar,
junto
a los trabajadores europeos, contra sus empleadores y las fuerzas económicas
dominantes, que son tan responsables de su emigración? Quizá las sociedades de
inmigración ganarían mucho si, objetos pasivos de una política securitista,
estos jóvenes "inmigrantes" -que en verdad son ciudadanos europeos-, a menudo
desarraigados y excluidos de las organizaciones de contestación, y sin otra
salida que la sumisión resignada, el delito o los tumultos suburbanos, se
transformaran en agentes de un movimiento social constructivo.
Para desarrollar en cada ciudadano la disposición internacionalista que hoy es
condición de toda estrategia eficaz de resistencia hay que imaginar una serie
de
medidas, como instaurar en cada organización sindical instancias que traten
con
las organizaciones de otras naciones para recoger y hacer circular la
información internacional; establecer reglas de coordinación en materia de
salario, condiciones de trabajo y empleo; instituir paridades entre sindicatos
de iguales categorías profesionales o de regiones fronterizas; fortalecer, en
las empresas multinacionales, comisiones internacionales capaces de resistir
las
presiones atomizantes de las direcciones centrales; promover políticas de
reclutamiento dirigidas a los inmigrantes, que se convertirían en agentes de
resistencia y cambio, y dejarían de ser usados como factores de división e
incitación al pensamiento nacionalista o racista; realizar la "conversión de
los
espíritus" necesaria para vincular las reivindicaciones en el trabajo con las
exigencias en materia de salud, vivienda, transporte, formación y ocio, y para
reclutar y resindicalizar los sectores tradicionalmente desprovistos de medios
de protección colectiva (servicios, empleo temporario).
La verdadera unión europea Pero no se puede prescindir de un objetivo: la
construcción de una confederación sindical europea unificada. Esto es
indispensable para orientar las innumerables transformaciones colectivas e
individuales que serán necesarias para "hacer" el movimiento social europeo.
Aunque hay que tener cuidado de no pensar el movimiento social europeo del
futuro según el modelo del movimiento obrero del siglo pasado. La estructura
social de las sociedades contemporáneas experimentó cambios profundos, entre
los
cuales el más importante es la disminución, en la industria, de los obreros
frente a los "operadores", quienes, más ricos en capital cultural, podrán
concebir nuevas formas de organización, nuevas armas de lucha y nuevas
solidaridades.
No hay condición previa más absoluta para construir un movimiento social
europeo
que el repudio de las formas habituales de pensar el sindicalismo, los
movimientos sociales y las diferencias nacionales. No hay tarea más urgente
que
inventar las nuevas formas de pensar y actuar que impone la precarización.
Fundamento de una nueva forma de disciplina social, nacida del temor al
desempleo, la precarización generalizada puede originar solidaridades de un
tipo
nuevo, en especial cuando suceden crisis particularmente escandalosas, que
adoptan la forma de despidos masivos impuestos por el deseo de ofrecer
suficientes ganancias a los accionistas de las empresas. El nuevo sindicalismo
deberá apoyarse en las nuevas solidaridades entre víctimas de la
precarización,
las profesiones de la salud y la comunicación, así como entre los empleados y
los obreros. Y deberá esforzarse por producir un análisis crítico de las
estrategias, a menudo sutiles, con las que colaboran ciertas reformas de los
gobiernos socialdemócratas y que pueden resumirse en el concepto de
"flexplotación": reducción de las horas de trabajo, multiplicación de los
empleos temporarios y de tiempo parcial. Análisis difícil de realizar ya que,
por una suerte de efecto de armonía preestablecida, las estrategias ambiguas
son
ejercidas a menudo por víctimas de estrategias similares: docentes precarios a
cargo de estudiantes marginalizados y destinados a la precariedad,
trabajadores
sociales sin garantías sociales que deben asistir a poblaciones de las que se
hallan muy próximos.
Pero es necesario también terminar con otros preconceptos que desalientan la
acción, como la oposición que formulan algunos politólogos entre "sindicalismo
protestario" y "sindicalismo de negociación".
Esta representación
desmovilizadora impide ver que las conquistas sociales sólo pueden obtenerse
mediante un sindicalismo capaz de movilizar la fuerza de contestación
necesaria
para arrancarles al empresariado y a las tecnocracias verdaderos avances
colectivos y para negociar e imponer los compromisos y las leyes que los
vuelvan
duraderos. Hoy es su incapacidad para unirse en torno a una utopía racional
(que
podría ser una verdadera Europa social) y la debilidad de su base militante lo
que impide a los sindicatos superar los intereses de corto plazo y dar toda su
fuerza -especialmente integrando a los desocupados- a un movimiento social
capaz
de combatir los poderes económico-financieros en el lugar de su ejercicio,
ahora
internacional. Los movimientos internacionales recientes, entre los cuales la
marcha europea de los desempleados es sólo el más ejemplar, son los primeros
signos del descubrimiento colectivo de la necesidad vital del
internacionalismo
o, mejor aún, de la internacionalización de los modos de pensamiento y de las
formas de acción.
Pierre Bourdieu fue sociólogo, profesor del College de France.
Copyright Pierre Bourdieu y Clarín, 1999. Traducción de Elisa Carnelli.
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