Entrevista a Nicolás Redondo publicada en El Mundo de  13 diciembre de 1998

CRONICA | UNA DEUDA CON LOS REDONDO

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"Siempre he pretendido poder mirarme al espejo sin sufrir vergüenza. Lo he logrado, pero a un precio muy alto"


Las comparaciones no siempre son odiosas (Carlos boyero)

LA ESCUELA JULIÁN BESTEIRO es un pulmón de oxígeno en medio de Madrid. Una casa de edad, rodeada de amplios jardines que ponen distancia y silencio de por medio. Al otro lado de la verja chilla el tráfico y se apelmazan las construcciones. Dentro cunde la tranquilidad, hay poca gente y el tiempo parece transcurrir despacio. Allí recibe, cuando viene a la capital, el ex secretario de Ugeté (él dice la Unión General de Trabajadores, con todas las palabras, como obedeciendo a un dictado histórico). Clara, la secretaria, una militante asturiana -militante sobre todo de asturiana- pide excusas porque el despacho es feo y desangelado. Realmente, no le falta razón. Se trata de una estancia desvaída, fría, y las paredes no tienen un mísero cuadro en el que depositar la mirada. Nicolás Redondo se sienta a un lado de la mesa (que es redonda, quizás para evitar la posibilidad de establecer una jerarquía con los interlocutores) y acto seguido tensa el cuerpo entero. Vaya por Dios: Nicolás Redondo es tímido, y esa timidez se acentúa al sospechar que algunas preguntas escaparán al territorio estrictamente sindical. En vez de hablar, susurra. Y lo hace a toda leche. Acerco la grabadora porque temo que algunas letanías se me confundan y le digo, forzando una maniobra de acercamiento, que he venido a conmemorar los diez años del famoso 14-D.

Y cuela.

Pregunta.-Cómo cambian las cosas. Antes era usted el uno. Ahora, en cambio, el uno es su hijo... Usted se ha quedado en el otro.

Respuesta.-Pasar a un segundo plano tiene sus gratificaciones. Cuando se está tanto tiempo en la brecha, y encima sufriendo para no aparecer en público más de lo necesario, la retirada sabe bien. Ahora me siento más estable, y como digo, más gratificado. Por mi carácter, y también por mi edad, necesitaba sosiego. Después de ejercer durante muchos años una función significada, soy más historia que presente. No trato de atribuirme méritos, me refiero a la historia relativa. No he sido protagonista, pero he participado en bastantes hitos históricos.

P.-¿Recuerda La hoja roja, de Miguel Delibes? La hoja roja es esa hojita que salía en los papeles de liar cigarrillos para avisar que se estaban acabando los papelitos...

R.-En mi caso la hoja roja salió y no me retiré hasta cuatro años después. En el año 90 dije que me presentaba por última vez al Congreso de la Unión General de Trabajadores y, sin embargo, me pidieron que aguantara un poco más. Y aguanté.

P.-¿Ahora se siente realmente jubilado?

R.-No del todo, porque doy conferencias, participo en tertulias... Hago lo mínimo para no sentirme inactivo.

P.-Cualquier día lo vemos jugando a la petanca...

R.-No creo. Estoy desligado de la vida sindical, pero no tanto de la vida política. Mantengo mis relaciones con gente del PSOE, de Nueva Izquierda o de Izquierda Unida. Mi preocupación no se ha jubilado.

P.-¿Qué pensión cobra?

R.-Doscientas y pico mil. Vivo bien, porque una vez independizados los hijos, mi mujer y yo no tenemos grandes necesidades. Llevo 27 años en el mismo piso, en Portugalete, viendo a los mismos vecinos y gastando en las mismas tiendas.

P.-Hablando de su hijo, ¿discute de política con él?

R.-No. Yo creo que es algo genético, porque mi padre tampoco me dio indicaciones políticas, yo lo respetaba a él y él me respetaba a mí. Con mi hijo sucede igual. No es que nos hayamos prohibido hablar de política, pero solemos evitar el tema. Nicolás, en ese aspecto concreto, es muy parecido a mí: no rinde cuentas. Yo, por mi parte, siento un pudor profundo y no me atrevo a preguntarle ni a hostigarle... Sin embargo, los dos tenemos en común cierta tendencia al humor negro: nos reímos el uno del otro, y lo hacemos casi siempre en plan desgarrado.

P.-Su hijo es un socialista de nueva hornada y no se ha formado a la sombra del marxismo. Menos mal que no discuten, porque chocarían.

R.-De hecho, ya pasó. Él estaba de acuerdo con algunos comportamientos del sindicato y con otros no. Pero su forma de manifestar el desacuerdo era apacible. Yo soy más vehemente y más explosivo, quizás porque nunca he sido político... Los políticos tienen más dominio del autocontrol, pertenecen a una raza especial.

P.-Usted ha recordado en alguna ocasión que su madre llamaba a su padre pierdecasas...

R.-Y a mí también me lo llamaba. Porque andar en política suponía un coste alto, y mi padre estuvo detenido y condenado a muerte. Cuando mi hijo empezó a meterse en política todavía estábamos en la ilegalidad y mi madre decía, señalándolo: "Éste también quiere ser un pierdecasas". Y es que en la vida política, si pretendes ser coherente y no volverte esquizofrénico, lo pagas.

P.-Usted lo ha pagado...

R.-Sí. Cuando dimití de diputado, por ejemplo, mucha gente no lo podía creer, porque había puñaladas para ser diputado... Y cuando dimití como miembro de la Ejecutiva del PSOE, pues lo mismo. Siempre he pretendido poder mirarme al espejo sin sufrir vergüenza. Lo he logrado, pero a un precio alto, porque es muy doloroso enfrentarse con los correligionarios y perder amigos de toda la vida... Yo sé que los partidos adoptan un comportamiento distinto cuando están en la oposición a cuando están en el Gobierno. Es un fenómeno bastante frecuente. Lo que resulta incomprensible es que ese comportamiento sea sustancialmente distinto. Yo no pude cerrar los ojos.

P.-¿Qué significa hoy ser de izquierdas?

R.-Aspirar a una sociedad más justa, más igualitaria, más social... Mire, la gente que dice que ya no existen ni derechas ni izquierdas suele ser gente de derechas. Porque sigue habiendo dos opciones distintas frente a la vida y frente al empleo, que es una cuestión principal.

P.-El objetivo actual de los sindicatos es la semana de 35 horas, pero eso quedará viejo dentro de nada. Lo importante es que todo el mundo trabaje, aunque sea poco.

R.-Decía Lamartine que la utopía son las verdades prematuras. En este momento, el pleno empleo puede parecer una utopía, pero va camino de convertirse en una exigencia posible. La propia Organización Internacional del Trabajo coincide en que el pleno empleo, adecuado a las situaciones dadas, es factible. Entre los 15 países de la Unión Europea hay algunos que tienen el pleno empleo, estimando pleno empleo como una situación con un tres o cuatro por ciento de paro. Yo no renuncio a eso, lo que pasa es que hemos hecho muchas dejaciones y nos hemos dejado influir por una ola conservadora que cree que el desarrollo pasa por asumir un paro de un calibre muy superior.

P.-¿Tendrán fuerza los sindicatos para entonces?

R.-Lo que no han de hacer es una teorización ideológica de la pasividad. Quiero decir que han de recuperar mayor sensibilidad social, mayor exigencia consigo mismos y una dimensión internacionalista. Si hablamos de la globalización de la economía, ¿por qué no exigimos también medidas determinadas a nivel mundial? Los sindicatos, y también los partidos de izquierdas, han de retomar cierto grado de utopía entendiendo, como Lamartine, que la utopía es una verdad prematura. El sindicalismo es positivista por naturaleza, pero existe una raya que separa el positivismo del entreguismo, y hemos de encontrar esa raya.

P.-Sin embargo, hay un síntoma que resulta revelador: hoy ya no causa risa un obrero de derechas.

R.-Indudablemente, el movimiento obrero actual no tiene nada que ver con el de hace 50 años, y en cierto modo las clases se han diluido, pero las barreras entre ellas siguen siendo las mismas: barreras de la educación, de familia, de dinero... En el cine realista inglés hay una escena en la que un hombre dice: "¿Pero existe lucha de clases?" y otro responde: "Desde esta orilla del Támesis no hay más que mirar la otra orilla".

P.-Se cumplen diez años del 14-D. Fue una fecha importante que quedará registrada como el principio del fin.

R.-Del fin de una etapa, sí.

P.-Es curioso que ese principio del fin socialista viniera propiciado por los sindicatos, ¿no le parece?

R.-En la época de los socialistas, los sindicatos tuvieron dificultades dada la mayoría absoluta, y si había reclamaciones sociales siempre contaban con el apoyo de los populares y demás. La única defensa que teníamos en el Parlamento era la de los miembros de Izquierda Unida, a los que siempre estaré agradecido aunque no tenga vinculación política con ellos. Cuando llegó la huelga del 88, Felipe ya estaba tocado del ala y el éxito le deprimió bastante. La huelga fue arrolladora, y aunque se consiguieron ventajas, resultaron insuficientes.

P.-Si fue una paradoja que los sindicatos propiciaran el principio del fin, no lo ha sido menos que ahora se hayan entendido con un Gobierno de derechas.

R.-Eso es porque el Gobierno de derechas no ha tenido mayoría absoluta. Ciertamente, comparando con anteriores etapas, se han tomado medidas menos lesivas, pero también han apretado las tuercas en otras cosas, como la reforma del mercado del trabajo, el pacto de Toledo, etc.

P.-No se quejará: este Gobierno le ha puesto una medalla.

R.-Sí. Cuando estaban los socialistas en el poder llamaron a Antón Saracíbar para decirle, a modo de tanteo, que el primero de mayo querían ponerme una medalla. Fue una cosa un poco esperpéntica, porque no comprendo que para darme una medalla a mí tuvieran que llamar a otro. Yo dije que el primero de mayo, con todas las manifestaciones y tal, no era plan recibir una medalla, y que por favor, otra vez hablaran conmigo... Todo aquello me sonó rarísimo, como a maniobra... Pero pasó el tiempo, llegó este Gobierno y un buen día llamó el ministro Arenas a mi casa de Portugalete y me comunicó que querían darme la Medalla de Oro del Trabajo. Dicho y hecho. No hubo problemas.

P.-¿Cuándo fue la última vez que se puso corbata?

R.-Déjeme que lo piense... Sería en Japón, o en Rusia, porque allí no conciben ir de otra manera. Aquí me la he puesto en los actos estrictamente necesarios. Una vez fue el Rey al Parlamento y yo iba sin corbata. Al poco recibí una corbata de regalo con una carta insultante donde se decía que no tenía ningún respeto a la institución monárquica. Otra vez fui al Senado con unos compañeros y en la puerta nos prestaron una corbata. El Senado es como el Ritz.... Pero yo no he hecho bandera de mi vestimenta. Voy sin corbata porque me siento más cómodo. A lo que me niego es a ponerme un esmoquin o un frac. Me moriría de vergüenza.

P.-¿Qué piensa del candidato Borrell?

R.-Todos los males que aquejan al partido vienen del último congreso, que no empastó bien. Y más aún: de las elecciones del 93, cuando Felipe dijo aquello de que había entendido el mensaje. No sé qué mensaje entendería Felipe, porque después de eso vino la reforma del mercado de trabajo. Entre morir de éxito, luego la dulce derrota, y todas aquellas frases de consuelo apareció Aznar. Yo nunca estuve de acuerdo con la tesis de que Aznar iba a durar poco. Se lo dije a algún dirigente del partido: "Estáis subestimando a un hombre que tendrá sus limitaciones, pero en Alianza Popular peló la gallina pluma a pluma, sin una gota de sangre, y desplazó a siete vicepresidentes para quedarse él solito". Lo que ha faltado en el partido socialista, y todavía falta, es la autocrítica de los 14 años de Gobierno. Sin masoquismos, pero hay que hacerla. El liderazgo ha hecho mucho daño y ahora se nota cierto sentimiento de orfandad... El problema de Felipe es casi un problema teológico.

P.-Yo le peguntaba por Borrell.

R.-No se trata de que me guste o no, pero le veo posibilidades. Es buen líder, comunica bien y tiene capacidad expositiva, pedagógica. Espero que haga oposición de verdad y cree ilusión en el electorado. Aunque lo que yo diga no cuenta nada. Yo estoy para decir pocas cosas. Si acaso, en las memorias. Me han ofrecido hacerlas y si venzo algunas dudas, las haré. Mientras tanto, medito, voy al monte, imparto conferencias y recupero la vida familiar. Visito a mi hija Idoia y al nieto. Pero soy mal abuelo. El propio nieto me mira con cara rara y dice como descalificándome: "Este abuelo es político".


Reportaje

Las comparaciones no siempre son odiosas Por Carlos Boyero

 

EL CONVENCIONALISMO MÁS RANCIO y las películas enfáticas previsibles y mediocres acostumbran a repetir la certidumbre supuestamente lúcida y cínica de que todos los seres humanos tienen un precio. La Historia contradice a veces esa afirmación con gente incomprable que ha pagado con su propia vida o con su ruina la negativa a venderse. En nombre de su dignidad, de sus principios, de su autorrespeto.

Tal vez yo peque de ingenuidad o de la necesidad de creer que en el turbio mundo de la política y en sus peligrosos intereses existen seres incomprables, incapaces de mirar para otro lado cuando constatan la pragmática traición a una ideología o la golosa corrupción del grupo en el que han militado toda su existencia, que reniegan dolorosamente de esos ahijados, amigos y compañeros ancestrales que se desviaron mezquinamente del camino. Saben que las heridas serán lacerantes si se enfrentan a sus cachorros en la más terrible de las guerras civiles, pero lo hacen.

Nicolás Redondo, un hombre que siempre creyó que lo de Partido Socialista Obrero Español significaba algo más que unas siglas cambiables, olvidables o negociables, que el líder que inicialmente coronó y ayudó a reinar al brillante camaleón Felipe González, el honesto y consecuente defensor de sus señas de identidad y la causa de los más débiles, es representativo de esa ortodoxia tan granítica como necesaria. En medio de tanto converso que descubrió los múltiples privilegios que otorga el Poder y de otros que jamás creyeron en lo que predicaban, por lo que su impostura no tuvo problemas de conciencia al quitarse el disfraz, es alentador que existan seres como Nicolás Redondo.

Marcelino Camacho, Simón Sánchez Montero y tantos otros dinosaurios supieron desde pequeños que la lucha de clases no acabaría jamás, que lo del crepúsculo de las ideologías era un oportunista y mentiroso invento posmoderno. Pasaron la mitad de su jodida vida en la cárcel, no vieron realizado su utópico sueño pero siguieron luchando porque se hiciera real, nunca desearon aprender los modales de la oligarquía ni cambiar su humilde forma de vida. Su eterno y anticuado discurso y su tosca apariencia pueden provocar el sarcasmo de los frívolos o que les integren en la "Academia de las momias". Mi acracia de lujo, que tanto me distancia de ellos, no impide que respete profundamente a tipos tan coherentes como admirables, a viejos que morirán con el inservible puño en alto y cantando la desfasada "Internacional".

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