Y cuela.
Pregunta.-Cómo cambian las cosas. Antes era usted el uno.
Ahora, en cambio, el uno es su hijo... Usted se ha quedado en el otro.
Respuesta.-Pasar a un segundo plano tiene sus
gratificaciones. Cuando se está tanto tiempo en la brecha, y encima
sufriendo para no aparecer en público más de lo necesario, la retirada sabe
bien. Ahora me siento más estable, y como digo, más gratificado. Por mi
carácter, y también por mi edad, necesitaba sosiego. Después de ejercer
durante muchos años una función significada, soy más historia que presente.
No trato de atribuirme méritos, me refiero a la historia relativa. No he
sido protagonista, pero he participado en bastantes hitos históricos.
P.-¿Recuerda La hoja roja, de Miguel Delibes? La hoja roja es
esa hojita que salía en los papeles de liar cigarrillos para avisar que se
estaban acabando los papelitos...
R.-En mi caso la hoja roja salió y no me retiré hasta cuatro
años después. En el año 90 dije que me presentaba por última vez al Congreso
de la Unión General de Trabajadores y, sin embargo, me pidieron que
aguantara un poco más. Y aguanté.
P.-¿Ahora se siente realmente jubilado?
R.-No del todo, porque doy conferencias, participo en
tertulias... Hago lo mínimo para no sentirme inactivo.
P.-Cualquier día lo vemos jugando a la petanca...
R.-No creo. Estoy desligado de la vida sindical, pero no
tanto de la vida política. Mantengo mis relaciones con gente del PSOE, de
Nueva Izquierda o de Izquierda Unida. Mi preocupación no se ha jubilado.
P.-¿Qué pensión cobra?
R.-Doscientas y pico mil. Vivo bien, porque una vez
independizados los hijos, mi mujer y yo no tenemos grandes necesidades.
Llevo 27 años en el mismo piso, en Portugalete, viendo a los mismos vecinos
y gastando en las mismas tiendas.
P.-Hablando de su hijo, ¿discute de política con él?
R.-No. Yo creo que es algo genético, porque mi padre tampoco
me dio indicaciones políticas, yo lo respetaba a él y él me respetaba a mí.
Con mi hijo sucede igual. No es que nos hayamos prohibido hablar de
política, pero solemos evitar el tema. Nicolás, en ese aspecto concreto, es
muy parecido a mí: no rinde cuentas. Yo, por mi parte, siento un pudor
profundo y no me atrevo a preguntarle ni a hostigarle... Sin embargo, los
dos tenemos en común cierta tendencia al humor negro: nos reímos el uno del
otro, y lo hacemos casi siempre en plan desgarrado.
P.-Su hijo es un socialista de nueva hornada y no se ha
formado a la sombra del marxismo. Menos mal que no discuten, porque
chocarían.
R.-De hecho, ya pasó. Él estaba de acuerdo con algunos
comportamientos del sindicato y con otros no. Pero su forma de manifestar el
desacuerdo era apacible. Yo soy más vehemente y más explosivo, quizás porque
nunca he sido político... Los políticos tienen más dominio del autocontrol,
pertenecen a una raza especial.
P.-Usted ha recordado en alguna ocasión que su madre llamaba
a su padre pierdecasas...
R.-Y a mí también me lo llamaba. Porque andar en política
suponía un coste alto, y mi padre estuvo detenido y condenado a muerte.
Cuando mi hijo empezó a meterse en política todavía estábamos en la
ilegalidad y mi madre decía, señalándolo: "Éste también quiere ser un
pierdecasas". Y es que en la vida política, si pretendes ser coherente y no
volverte esquizofrénico, lo pagas.
P.-Usted lo ha pagado...
R.-Sí. Cuando dimití de diputado, por ejemplo, mucha gente no
lo podía creer, porque había puñaladas para ser diputado... Y cuando dimití
como miembro de la Ejecutiva del PSOE, pues lo mismo. Siempre he pretendido
poder mirarme al espejo sin sufrir vergüenza. Lo he logrado, pero a un
precio alto, porque es muy doloroso enfrentarse con los correligionarios y
perder amigos de toda la vida... Yo sé que los partidos adoptan un
comportamiento distinto cuando están en la oposición a cuando están en el
Gobierno. Es un fenómeno bastante frecuente. Lo que resulta incomprensible
es que ese comportamiento sea sustancialmente distinto. Yo no pude cerrar
los ojos.
P.-¿Qué significa hoy ser de izquierdas?
R.-Aspirar a una sociedad más justa, más igualitaria, más
social... Mire, la gente que dice que ya no existen ni derechas ni
izquierdas suele ser gente de derechas. Porque sigue habiendo dos opciones
distintas frente a la vida y frente al empleo, que es una cuestión
principal.
P.-El objetivo actual de los sindicatos es la semana de 35
horas, pero eso quedará viejo dentro de nada. Lo importante es que todo el
mundo trabaje, aunque sea poco.
R.-Decía Lamartine que la utopía son las verdades prematuras.
En este momento, el pleno empleo puede parecer una utopía, pero va camino de
convertirse en una exigencia posible. La propia Organización Internacional
del Trabajo coincide en que el pleno empleo, adecuado a las situaciones
dadas, es factible. Entre los 15 países de la Unión Europea hay algunos que
tienen el pleno empleo, estimando pleno empleo como una situación con un
tres o cuatro por ciento de paro. Yo no renuncio a eso, lo que pasa es que
hemos hecho muchas dejaciones y nos hemos dejado influir por una ola
conservadora que cree que el desarrollo pasa por asumir un paro de un
calibre muy superior.
P.-¿Tendrán fuerza los sindicatos para entonces?
R.-Lo que no han de hacer es una teorización ideológica de la
pasividad. Quiero decir que han de recuperar mayor sensibilidad social,
mayor exigencia consigo mismos y una dimensión internacionalista. Si
hablamos de la globalización de la economía, ¿por qué no exigimos también
medidas determinadas a nivel mundial? Los sindicatos, y también los partidos
de izquierdas, han de retomar cierto grado de utopía entendiendo, como
Lamartine, que la utopía es una verdad prematura. El sindicalismo es
positivista por naturaleza, pero existe una raya que separa el positivismo
del entreguismo, y hemos de encontrar esa raya.
P.-Sin embargo, hay un síntoma que resulta revelador: hoy ya
no causa risa un obrero de derechas.
R.-Indudablemente, el movimiento obrero actual no tiene nada
que ver con el de hace 50 años, y en cierto modo las clases se han diluido,
pero las barreras entre ellas siguen siendo las mismas: barreras de la
educación, de familia, de dinero... En el cine realista inglés hay una
escena en la que un hombre dice: "¿Pero existe lucha de clases?" y otro
responde: "Desde esta orilla del Támesis no hay más que mirar la otra
orilla".
P.-Se cumplen diez años del 14-D. Fue una fecha importante
que quedará registrada como el principio del fin.
R.-Del fin de una etapa, sí.
P.-Es curioso que ese principio del fin socialista viniera
propiciado por los sindicatos, ¿no le parece?
R.-En la época de los socialistas, los sindicatos tuvieron
dificultades dada la mayoría absoluta, y si había reclamaciones sociales
siempre contaban con el apoyo de los populares y demás. La única defensa que
teníamos en el Parlamento era la de los miembros de Izquierda Unida, a los
que siempre estaré agradecido aunque no tenga vinculación política con
ellos. Cuando llegó la huelga del 88, Felipe ya estaba tocado del ala y el
éxito le deprimió bastante. La huelga fue arrolladora, y aunque se
consiguieron ventajas, resultaron insuficientes.
P.-Si fue una paradoja que los sindicatos propiciaran el
principio del fin, no lo ha sido menos que ahora se hayan entendido con un
Gobierno de derechas.
R.-Eso es porque el Gobierno de derechas no ha tenido mayoría
absoluta. Ciertamente, comparando con anteriores etapas, se han tomado
medidas menos lesivas, pero también han apretado las tuercas en otras cosas,
como la reforma del mercado del trabajo, el pacto de Toledo, etc.
P.-No se quejará: este Gobierno le ha puesto una medalla.
R.-Sí. Cuando estaban los socialistas en el poder llamaron a
Antón Saracíbar para decirle, a modo de tanteo, que el primero de mayo
querían ponerme una medalla. Fue una cosa un poco esperpéntica, porque no
comprendo que para darme una medalla a mí tuvieran que llamar a otro. Yo
dije que el primero de mayo, con todas las manifestaciones y tal, no era
plan recibir una medalla, y que por favor, otra vez hablaran conmigo... Todo
aquello me sonó rarísimo, como a maniobra... Pero pasó el tiempo, llegó este
Gobierno y un buen día llamó el ministro Arenas a mi casa de Portugalete y
me comunicó que querían darme la Medalla de Oro del Trabajo. Dicho y hecho.
No hubo problemas.
P.-¿Cuándo fue la última vez que se puso corbata?
R.-Déjeme que lo piense... Sería en Japón, o en Rusia, porque
allí no conciben ir de otra manera. Aquí me la he puesto en los actos
estrictamente necesarios. Una vez fue el Rey al Parlamento y yo iba sin
corbata. Al poco recibí una corbata de regalo con una carta insultante donde
se decía que no tenía ningún respeto a la institución monárquica. Otra vez
fui al Senado con unos compañeros y en la puerta nos prestaron una corbata.
El Senado es como el Ritz.... Pero yo no he hecho bandera de mi vestimenta.
Voy sin corbata porque me siento más cómodo. A lo que me niego es a ponerme
un esmoquin o un frac. Me moriría de vergüenza.
P.-¿Qué piensa del candidato Borrell?
R.-Todos los males que aquejan al partido vienen del último
congreso, que no empastó bien. Y más aún: de las elecciones del 93, cuando
Felipe dijo aquello de que había entendido el mensaje. No sé qué mensaje
entendería Felipe, porque después de eso vino la reforma del mercado de
trabajo. Entre morir de éxito, luego la dulce derrota, y todas aquellas
frases de consuelo apareció Aznar. Yo nunca estuve de acuerdo con la tesis
de que Aznar iba a durar poco. Se lo dije a algún dirigente del partido:
"Estáis subestimando a un hombre que tendrá sus limitaciones, pero en
Alianza Popular peló la gallina pluma a pluma, sin una gota de sangre, y
desplazó a siete vicepresidentes para quedarse él solito". Lo que ha faltado
en el partido socialista, y todavía falta, es la autocrítica de los 14 años
de Gobierno. Sin masoquismos, pero hay que hacerla. El liderazgo ha hecho
mucho daño y ahora se nota cierto sentimiento de orfandad... El problema de
Felipe es casi un problema teológico.
P.-Yo le peguntaba por Borrell.
R.-No se trata de que me guste o no, pero le veo
posibilidades. Es buen líder, comunica bien y tiene capacidad expositiva,
pedagógica. Espero que haga oposición de verdad y cree ilusión en el
electorado. Aunque lo que yo diga no cuenta nada. Yo estoy para decir pocas
cosas. Si acaso, en las memorias. Me han ofrecido hacerlas y si venzo
algunas dudas, las haré. Mientras tanto, medito, voy al monte, imparto
conferencias y recupero la vida familiar. Visito a mi hija Idoia y al nieto.
Pero soy mal abuelo. El propio nieto me mira con cara rara y dice como
descalificándome: "Este abuelo es político".