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Ejecutivos y empleados encantados de la vida
LE MONDE DIPLOMATIQUE, marzo 2002
En marzo 2001, después de 10
años de crecimiento sostenido, la economía norteamericana inició un proceso de
recesión: durante el tercer trimestre, el producto interior bruto incluso ha
disminuido en un 1,1%. El crecimiento ininterrumpido de los años noventa corrió
parejo a un sensible aumento del tiempo dedicado al trabajo, así como con una
redefinición de las relaciones entre las empresas y los asalariados. Se
rebautizó con el nombre de creación la explotación de antaño; sin aumentar sus
salarios, se dio a los proletarios el título de mánagers. Estos privilegios no
están amenazados por el aumento del paro... La precariedad del empleo y el aumento del
esfuerzo que supone el trabajo van acompañados de un discurso sobre la libertad
y la realización personal. En resumen, el objetivo no es permitir que los
asalariados -sobre todo cuando se trata de directivos medios y superiores-
trabajen menos, sino de que se agoten en mejores condiciones, porque el
bienestar aumenta la productividad. Estas jaulas doradas les encantan... En las
clasificaciones que publica de forma regular la prensa de negocios, las
“empresas en las que da gusto trabajar”, los empresarios más cotizados no son
los que ofrecen las ventajas tradicionales (buenos salarios, ventajas sociales,
planes de mejora profesional o garantías de un empleo de por vida), sino los que
consiguen crear “un ambiente alegre”. Según un sondeo reciente de la revista
Fortune, estas empresas tienen que cumplir tres requisitos: tener sentido de la
misión que debe llevarse a cabo, un liderazgo que inspire y los recursos que
ofrece el campus (5). Dirigentes y empleados comulgan con la “religión” del trabajo Esta devoción se amplifica a través del culto al jefe. El supuesto carisma (del griego ‘don de gracia’) de patronos como Steve Jobs (Apple), Bill Gates (Microsoft), Larry Ellison (Oracle), Jack Welch (General Electric) o Herb Kelleher (Southwest Airlines), provoca una veneración ciega en los asalariados, así como en un público entusiasmado por sus hechos, gestas y proezas (8). En cuanto al alejamiento de la comunidad, se produce cuando las empresas se preocupan por sus asalariados y les ofrecen un confort físico y moral. Entonces. los asalariados ya no tienen ningún pretexto para irse del campus -excepto para ir a dormir- o par mantener buenas relaciones con el mundo exterior. Gracias a las nuevas tecnologías (identificaciones magnéticas, cámaras de vigilancia, teléfonos móviles, correo electrónico, etc.) están atados a una especie de correa electrónica que permite encontrarles y contactarles en cualquier momento. Según Barbara Beck, directora de recursos humanos de Cisco —una sociedad que acaba de anunciar que, a partir de ahora, exigirá a sus asalariados que aumenten su productividad en un 50%—, ya no se puede buscar un equilibrio entre el trabajo y la familia, sino la integración de ambos. La interpenetración de las esferas personal y profesional es más pronunciada aún en Southwest Airlines, una empresa de primera línea, conocida porque alienta las relaciones entre asalariados: la compañía cuenta por lo menos con 821 parejas de empleados y posee su propio club para los solteros que quieran encontrar su alma gemela (10). El inconveniente es, por supuesto, que este nuevo contrato social es de sentido único: el empleado debe entregarse en cuerpo y alma, pero la empresa no tiene ningún escrúpulo cuando disminuye o racionaliza su personal, privando de repente al empleado de su puesto de trabajo, de su familia y de su comunidad. Al igual que en los cultos, el
adoctrinamiento permanente —seminarios de formación, retiros, sesiones
plenarias— permite inculcar los valores de la casa, destilar un discurso
movilizador y debilitar el espíritu crítico. El credo de la empresa (su misión,
sus objetivos) se recita como un catecismo. Los himnos y los eslóganes
—rebosantes de metáforas deportivas y marciales— se recitan con entusiasmo. Todo
demuestra la devoción por el empresario, incluso la ropa que la gente usa y que
a menudo lleva el logotipo de la empresa. La era del agotamiento lleva aparejada una
revolución en la gestión de los recursos humanos. La precariedad del empleo y
el aumento del esfuerzo que supone el trabajo van acompañados de un discurso
sobre la libertad y la realización personal. La novilangue [lengua
eufemística destinada al control de las masas, bautizada así por George Orwell
en los apéndices de 1984] permite que los asalariados, cuyo poder adquisitivo
disminuye, obtengan unos ingresos psíquicos. Hasta finales del año 2000, la euforia bursátil empujó a las empresas a rivalizar en ingenuidad para conjugar la disminución de los costes, la responsabilización y el aumento de productividad de los asociados. Una de las innovaciones más osadas se produjo en el Bank of America. En diciembre de 1999, después de haber anunciado que se suprimirían unos diez mil puestos de trabajo en los meses siguientes, el banco envió a sus empleados un folleto en el que les sugería que adoptaran un cajero automático (automated teller machines o ATMs). De manera voluntaria, fuera del horario laboral y corriendo con sus propios gastos, se invitaba a los empleados a adoptar un cajero automático, en zona urbana o rural, y a que se encargaran de su mantenimiento semanal... Un folleto explicaba cómo “cómo mantener su ATM en el camino del éxito”. Por ejemplo, había que “recoger la basura”, “cambiar las bombillas” y “desbrozar los arbustos”. El programa contenía todos los elementos de las iniciativas win-win (todo el mundo sale ganando), típicas de la nueva economía. Efectivamente, permitía que los clientes
disfrutaran de unos cajeros automáticos rutilantes, que los empleados realizaran
su tarea con amor y orgullo (al margen de cualquier interés mercantil), y que
los accionistas se enriquecieran. En la misma época, gracias al auge de Internet, el frenesí del
agotamiento tocó techo. La gente trabajaba hasta perder el aliento, mientras se
divertía... En algunas start-ups, los más motivados se enorgullecían de
dormir en la oficina. Pero, ¡qué importaba trabajar dieciséis o dieciocho
horas al día, si se hacía en un marco lúdico y festivo! Porque, efectivamente,
la diversión estaba siempre al alcance de la mano: las mesas de baby-foot, las
pelotas de baloncesto, los frisbees, así como otros juegos y juguetes
formaban parte de la decoración. La alegría organizada era de rigor y
cualquier cosa era un pretexto para divertirse, siempre entre colegas:
meriendas, despedidas y la borrachera obligatoria del viernes por la noche. (1) The Washington Post, 4 de diciembre de 2001. |
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