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De la privatización y otras
sustracciones
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Blair, pionero en la nacionalización de los ferrocarriles en el Reino
Unido
Xavier Caño Tamayo, periodista.
26 de julio de 2002
El Gobierno británico invertirá
38.000 millones de dólares en la reflotación de la red ferroviaria, que dirigirá
y gestionará Network Rail, empresa sin ánimo de lucro creada para ese fin. El
Gobierno de Blair ha tomado esta decisión tras el estrepitoso fracaso de los
ferrocarriles privatizados por John Major en 1996. Esta privatización supuso la
pérdida de buen servicio y puntualidad; en el ejercicio 1998-99, los ciudadanos
británicos presentaron más de medio millón de quejas contra los privatizados
ferrocarriles. Además, esa privatización ha significado desde 1996 numerosos
errores, fallos de seguridad y accidentes que han costado 64 muertos y 659
heridos.
El informe de la ‘Strategic Rail Authority’, en el que propone al Gobierno
británico la vuelta de los ferrocarriles al control público, se apresura a
añadir que eso ‘no es una renacionalización’, huyendo del término como si se
tratara de peste bubónica. Pero sí lo es y, afortunadamente, esa decisión
contradice el evangelio privatizador adoptado por la Unión Europea.
Ya es hora de empezar a poner en cuestión la pretendida
bondad de privatizar lo público, vistas sus consecuencias para la ciudadanía.
Sin embargo, en febrero pasado, Toni Blair acordó con el primer ministro
italiano Berlusconi propuestas para ‘liberalizar’ la economía europea. Llevado
por esa fiebre ‘liberalizadora’, Berlusconi incluso
pretendió privatizar los museos italianos, pero renunció por la
contundente oposición de entidades y organismos culturales. El ministro de
Bienes Culturales italiano aclaró que los museos permanecerían bajo la tutela
del Estado, pero ‘se abriría la gestión a la cooperación con otros agentes’, lo
que significa que harán que sus amigos, socios y clientes puedan sacar tajada de
los museos aunque continúen siendo públicos.
El caso de Rusia es de libro. Boris Yelsin puso en marcha la
primera gran oleada de privatizaciones del cuantioso patrimonio soviético. Pese
a los cantos de sirena de los gurús neoliberales, Rusia no despegó
económicamente y se hundió un poco más. Asimismo, ese
enorme patrimonio estatal a bajo precio enriqueció hasta la locura a las nuevas
organizaciones rusas de delincuentes que se han apoderado de buena parte del
país. No obstante, el año pasado el presidente ruso Vladimir Puttin
insistió en la urgente privatización de lo que queda de patrimonio ciudadano
(petroleras, minas, aerolíneas... hasta mil empresas públicas) para enjuagar
pagos de la deuda externa rusa. Pan para hoy y hambre para mañana.
En América Latina, la presión implacable del Fondo Monetario
Internacional (FMI) y de las grandes corporaciones transnacionales obligó a
vender la riqueza del continente: se privatizaron las
empresas públicas y se malvendió el patrimonio de todos. El profesor de
Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid Augusto Zamora
ha escrito al respecto: “En América Latina las empresas extranjeras realizaron
negocios escandalosos, comprando a precio de saldo el patrimonio estatal y
nacional”. A esas privatizaciones generalizadas siguieron
despidos masivos, retroceso económico, y ya hemos hablado en más de una ocasión
de la relación entre privatizaciones (y la corrupción) y la profunda crisis
argentina. Un índice más: en 1993 los intercambios comerciales de
MERCOSUR (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay más Chile y Bolivia como
asociados) con la Unión Europea dieron un superávit de 13.000 millones de
dólares. En 1998, ya con mucho patrimonio público privatizado, hubo un déficit
comercial de 18.000 millones.
En Perú, el presidente Alberto Fujimori (jaleado, aplaudido,
apoyado y puesto como ejemplo por su nefasta política económica por las naciones
ricas y los organismos financieros internacionales) se lanzó a privatizar
hundiendo un poco más a Perú. Hace poco hemos visto en el
sur de este país una rebelión cívica contra la privatización de dos empresas
eléctricas de Arequipa, una protesta que ha detenido el proceso de venta a una
multinacional europea.
En junio, miles de campesinos de Paraguay se echaron a la
calle para protestar contra las privatizaciones del Gobierno (venta de empresas
de telefonía y de agua potable, entre otras) y amenazaron con ‘tomar’ la
capital. De momento han conseguido que el Gobierno suspenda el plan de
venta de lo público.
Esta pasión privatizadora forma parte del núcleo duro del dogma neoliberal que
profesan ciegamente los gobiernos conservadores y presuntamente de izquierda del
mundo. Ellos la llaman ‘liberalización’ y dicen que busca
la jaleada reducción del tamaño del Estado en beneficio del individuo. Olvidan,
o no quieren saber, que los riesgos y peligros de prepotencia del Estado frente
el individuo se conjuran profundizando en la democracia, que es bastante más que
votar. Y abundando en la defensa de los derechos humanos. Y nos gustaría
que nos dijeran por qué insisten en llamar ‘liberalización’ (palabra positiva,
que suena bien) a lo que es pura venta de la propiedad de los ciudadanos a
individuos o grupos privados.
En los primeros setenta años del siglo XX, instaurar la democracia en un país
tenía una dimensión económica y social. José Saramago ha explicado que ”si
durante siglos el patrimonio había sido acaparado por un grupo, establecer la
democracia suponía nacionalizar ese patrimonio: que la nación participara de ese
patrimonio”. Ahora establecer la democracia significa lo contrario. Y Saramago
aclara: “¿Qué es lo primero que hacen los (nuevos) gobiernos demócratas en los
países del Este y Latinoamérica al llegar al poder? Privatizar lo que era
nacional; es decir, transferir el patrimonio nacional al capital privado
internacional, a las grandes empresas; arrebatar al conjunto nacional lo que es
patrimonio colectivo”. Y el economista y catedrático de Estructura Económica
José Luis Sampedro, remacha:”La privatización de las empresas públicas es la
entrega del patrimonio nacional a los amigos”. ¿Que democracias son esas?.
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