EL MUNDO, 7 de abril de 2003

LA INVASIÓN / La opinión

Insurreción mundial contra EEUU

"La torpe imprudencia de Bush ha conseguido dejar al descubierto las cañerías,
exponer a la observación el corazón de la maquinaria imperial"

Por Arundhati Roy

Los contratos para la reconstrucción de Irak, nos dicen los comentaristas de los informativos económicos, podrían suponer un formidable empujón para la economía mundial. Resulta irónico cómo los intereses del clan Bush/ Cheney/ Rumsfeld/ Rice se confunden con tanta frecuencia, con tanto éxito y tan deliberadamente, con los intereses de la economía mundial.
Mientras el pueblo norteamericano terminará pagando la guerra, George W. Bush y su clan (que tiene negocios en empresas petroleras, en fabricantes y exportadores de armas, y en las empresas implicadas en los trabajos de reconstrucción) van a obtener beneficios directos de la guerra. Bush ha solicitado ya al Congreso 75.000 millones de dólares. Se están negociando ya los contratos para la reconstrucción. Pero estas noticias ni siquiera llegan a los quioscos porque una parte considerable de las empresas de medios de comunicación de Estados Unidos están en las mismas manos y dirigidas por los mismos intereses.
Tony Blair asegura que la Operación Libertad iraquí trata de devolver el petróleo iraquí al pueblo de este país. Querrá decir devolver el petróleo iraquí al pueblo de este país a través de las grandes multinacionales. Como Shell, como Chevron, como Halliburton. ¿A ver si Halliburton es en realidad una empresa iraquí? ¿A ver si el vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney (que fue presidente de Halliburton), es un iraquí camuflado?
Cada vez está más claro que la guerra contra el terrorismo no tiene que ver realmente con el terrorismo y ni siquiera sólo con el petróleo. Lo que está en juego es la supremacía, el dominio férreo, la hegemonía mundial. El razonamiento que va tomando fuerza es que las poblaciones de Argentina e Irak han sido diezmadas por este mismo proceso. Lo único que ha cambiado han sido las armas utilizadas
contra ellas: en un caso se ha tratado del talonario de cheques del Fondo Monetario Internacional; en el otro, misiles de crucero.
Por último, tenemos el problema del arsenal de armas de destrucción masiva de Sadam Husein (¡Huy, casi se me olvida!).
Aun en la confusión de la guerra, hay algo seguro: si el régimen de Sadam Husein tiene de verdad armas de destrucción masiva, está haciendo gala de un asombroso grado de responsabilidad y contención frente a la provocación más extrema. En similares circunstancias (pongamos, por ejemplo, en el caso de que las Fuerzas Armadas iraquíes estuvieran bombardeando Nueva York y poniendo cerco a
Washington), ¿sería esperable una reacción similar del régimen de Bush? ¿Mantendría envueltas en su papel de embalar sus 10.000 cabezas nucleares? ¿Qué hay de sus armas químicas y biológicas? ¿Qué hay de sus reservas de ántrax , viruela y gas nervioso? ¿No las usaría?
Permítanme que me ría.
Así que aquí está Irak, uno de los estados villanos, una grave amenaza a la paz del mundo, uno de los socios de pago del eje del mal. Aquí está Irak, invadido, bombardeado, asediado, amenazado, con la soberanía cubierta de mierda, con sus niños muertos de cáncer, con sus ciudadanos reventados en explosiones por las calles. Y aquí estamos nosotros, mirando. CNN y BBC, BBC y CNN hasta bien
entrada la noche. Aquí estamos nosotros, aguantando los horrores de la guerra, aguantando los horrores de la propaganda y aguantando la masacre del lenguaje tal y como lo conocemos y lo entendemos. La palabra libertad significa ahora asesinatos en masa (bueno, en Estados Unidos, patatas fritas).
Cuando alguien habla de ayuda humanitaria, automáticamente buscamos las palabras hambruna deliberada. Eso de los periodistas integrados, tengo que reconocerlo, es todo un hallazgo. Es lo que parece que quiere decir. ¿Y qué me dicen de arsenal de tácticas, eh? ¡Qué sutil!
En casi todo el mundo, la invasión de Irak se considera una guerra racista. El peligro real de una guerra racista declarada por regímenes racistas es que engendra racismo en todo el mundo: entre quienes la perpetran, entre sus víctimas, entre los espectadores... Fija las reglas del debate, traza la cuadrícula conforme a la cual hay que pensar. Se está extendiendo contra Estados Unidos toda una marca de odio que ha surgido en el corazón ancestral del mundo. En Africa, en Latinoamérica, en Asia,
en Europa, en Australia. Me tropiezo con ella todos los días.
«Estados Unidos es una nación de imbéciles, una nación de asesinos», dicen (con la misma falta de sutileza con la que otros afirman que «todos los musulmanes son terroristas»). Incluso en el grotesco universo del insulto racista, los británicos han logrado su propia aportación. «Lameculos», les llaman.
De repente, yo, que he sido vilipendiada por «antinorteamericana» y «antioccidental», me encuentro en la extraordinaria posición de defender a los ciudadanos de Estados Unidos. Ya los de Gran Bretaña.
Aquellos que con tanta facilidad descienden a la sima del maltrato racista harían bien en recordar a los centenares de miles de ciudadanos norteamericanos y británicos que se han manifestado contra las reservas de armas nucleares que acumulan sus propios países y a los miles de norteamericanos opuestos a la guerra que obligaron a su Gobierno a retirarse de Vietnam.
Deberían saber que las críticas mejor fundadas, más mordaces, más hilarantes del Gobierno de Estados Unidos y del American Way of Life (el estilo norteamericano de vida) proceden de ciudadanos de ese país. Por su parte, las críticas más divertidas y más amargas de su primer ministro se encuentran en los medios británicos de comunicación.
Por último, deberían tener presente que, en estos precisos momentos, centenares de miles de ciudadanos británicos y norteamericanos se manifiestan en las calles contra la guerra. La Coalición de los Matones y tos Vendidos está integrada por gobiernos, no por pueblos. Más de un tercio de los ciudadanos norteamericanos han conseguido sobrevivir a la despiadada propaganda a la que se han visto sometidos y muchos miles de ellos se oponen activamente a sus propios gobiernos. En el ambiente
ultrapatriótico que impera en Estados Unidos, esa actitud constituye una prueba de valentía como la de los iraquíes que luchan por su patria.
Mientras los aliados esperan en el desierto a que se produzca en las calles de Basora la insurrección de los musulmanes chiíes, la auténtica insurrección se está produciendo en cientos y ciéntos de ciudades de uno a otro confín de la tierra. Se trata del más espectacular despliegue de moralidad pública que se haya visto jamás.
Los más valerosos de todos son los centenares de miles de ciudadanos norteamericanos en las calles de las grandes urbes de Estados Unidos, en Washington, Nueva York, Chicago, San Francisco. El hecho es que la única institución hoy en día aún más poderosa que el propio Gobierno de Estados Unidos es la sociedad civil norteamericana. Los ciudadanos de ese país cargan sobre sus hombros con una responsabilidad extraordinaria. ¿Cómo no vamos a dedicar nuestros mejores deseos y nuestro apoyo total a aquellos que no sólo admiten esa responsabilidad sino que además la asumen? Ellos son nuestros aliados, nuestros amigos.
Al final, lo que hay que decir es que dictadores como Sadam Husein y todos los demás déspotas de Oriente Medio, de las repúblicas de Asia Central , de Africa y de Latinoamérica —muchos de ellos instalados, apoyados y financiados por el Gobierno de Estados Unidos—, constituyen una amenaza para su propio pueblo. Salvo reforzar el poder de la sociedad civil (en lugar de debilitarlo, como ha ocurrido en el caso de Irak), no hay un medio fácil y garantizado de enfrentarse a ellos. (Resulta curioso hasta qué punto todos aquellos que desprecian los movimientos pacifistas por utópicos no tienen la menor duda en esgrimir las razones más absurdamente fantásticas para ir a la guerra: que si acabar con el terrorismo, que si instalar la democracia, que si eliminar el fascismo y, la más desternillante de todas, la deliberar al mundo de malvados).
Con independencia de lo que nos quiera hacer creer la maquinaria propagandística, estos dictadores de pacotilla no representan la mayor amenaza que se cierne sobre el mundo. El verdadero peligro, el más acuciante, la mayor amenaza de todas es la fuerza motriz que impulsa el motor político y económico del Gobierno de Estados Unidos, a cuyos mandos se encuentra en estos momentos George Bush. Eso de
vapulearle tiene su gracia, porque, sin duda, él mismo se convierte en un blanco fácil y estupendo. Es cierto que se trata de un conductor muy arriesgado, casi suicida, pero la máquina que conduce es muchísimo más peligrosa que el propio piloto.
A pesar del lóbrego sudario que hoy día cuelga sobre nosotros, me gustaría formular una tímida afirmación de esperanza: en tiempo de guerra, es preferible que el que está al frente de las fuerzas contrarias sea el enemigo más débil de todos. Y el presidente George W. Bush lo es, sin duda. Cualquier otro presidente de Estados Unidos, incluso uno medianamente inteligente, habría hecho probablemente las mismas cosas pero se las habría ingeniado para empeñar el cristal y aturullar a
la oposición; quizás incluso hasta para arrastrar a Naciones Unidas con él.
La torpe imprudencia de George Bush y su desvergonzada fe en que puede gobernar el mundo con su brigada antidisturbios han producido el resultado contrario. Ha conseguido lo que escritores, activistas e intelectuales se han afanado en conseguir durante décadas y décadas. Ha dejado al descubierto las cañerías. Ha expuesto a la plena observación pública el corazón de la maquinaría, los mecanismos del apocalíptico aparato del Imperio Norteamericano.
Ahora que el proyecto (Guía del Imperio para gente corriente) es del dominio público, ha sido distribuido de forma masiva, será posible inutílizarlo con más rapidez de lo que predecían los entendidos.
Vayan trayendo las herramientas.
 

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