|
| |
El derecho a ser nosotros mismos
José Carlos García Fajardo
CCSCentro de
Colaboracionesw Solidarias.
9 agosto 2003
Me gusta recordar una
pequeña historia sobre un científico que preparaba una intervención y necesitaba
silencio para concentrarse y poder trabajar. Pero un nieto de 5 años, que andaba
por allí, no le dejaba en paz. Para quitárselo del medio, cogió una revista y la
abrió por la mitad; había un gran mapa -un planisferio-, y pensó: "Se lo corto
en trocitos, se lo envuelvo todo, le digo que es un rompecabezas y así me lo
quito de encima durante unas horas". Así lo hizo, lo metió en una caja de
zapatos y le dijo a su nieto: "Vete a hacer el mapa del mundo". Al cabo de una
hora, llega el niño y le dice: "Abuelo, ya está". Éste, extrañado, le pregunta:
"Pero, ¿cómo pudiste hacerlo, si nunca viste un mapa del mundo?" Su nieto
contesta: "Abuelo, cuando cortabas el mapa, vi que por el otro lado había un
hombre. Yo no conozco el mundo, pero sé reconocer a un hombre".
Lo que cuenta es el ser humano, es la
comunidad, somos los seres humanos.
Ante el escándalo de muchos, algunos se atreven a hablar de dar un salario
fundamental a todo el mundo. Cuando
hablamos de que la gente tiene derecho a vivir con dignidad no es para que sea
hombre o mujer, sino por el hecho de ser persona. Es una barbaridad de
insospechadas consecuencias pretender que "el que no trabaja, que no coma". Para
empezar, habría que cargarse a millones de seres que no pueden trabajar:
enfermos terminales, enfermos crónicos severos, discapacitados profundos,
ancianos desvalidos etc. Cierto que sería más "rentable" vaciar las camas de los
hospitales, pero mejor sería preguntarnos por los miles de accionistas de
grandes empresas que han heredado sus acciones y que jamás han trabajado.
Si queremos ser consecuentes, habría que poner en tela de juicio la legitimidad
de la propiedad de tierras baldías, de acciones y de valores de los que dependen
la vida de millones de seres que pueden verse en la calle y sin trabajo porque
convenga a la "rentabilidad" de la empresa.
Las claves del auténtico desarrollo humano están en la educación, en la salud,
en una alimentación adecuada y en unas condiciones de vida dignas de seres
humanos, con independencia de sus talentos o de sus aportaciones a la sociedad.
No podemos admitir que nos traten como
si viviéramos para trabajar, en lugar de trabajar para vivir. Parece como si
pasáramos la primera parte de nuestra vida "preparándonos para producir"; la
madurez, "empleada en producir"; hasta que nos aparcan cuando "dejamos de
producir". Es una concepción de la vida inhumana. Pues somos algo más que
productores, somos tierra que camina, polvo de estrellas, dotados de
sentimiento, de razón y de aliento, alma o espíritu.
Es cierto que vivimos en el umbral de la
utopía; más allá no, porque es el caos y todavía no conocemos sus leyes, que las
tiene. Utopía es lo que no existe en ningún lugar, todavía. Las grandes
conquistas se hicieron realidad porque alguien las soñó primero. Eran verdades
prematuras.
Hablamos del hambre, de la dignidad, de la educación, de la libertad. Estamos
hablando de la salud, de poder optar y de poder decidir. Entonces, ¿es utopía un
salario para cada persona, que todo el mundo tenga acceso a la Seguridad Social,
lo necesario para que "nadie sea tan
pobre que necesite venderse ni tan rico que pueda comprar a otro"?
No es con las mimbres del capitalismo salvaje con las que vamos a construir un
mundo más justo y solidario. Asimismo, la experiencia del llamado "socialismo
real" en la antigua URSS, en China y en otros países nos ha dejado un amargo
sabor de boca. Soñaron una sociedad más
justa y la quisieron edificar a golpe de estadísticas y de leyes económicas.
Construyeron una cárcel inmensa en la que perecieron las libertades y los
derechos humanos fundamentales. Pero la vida humana es mucho más que una
ecuación, es la respuesta al desafío fundamental de nuestra existencia: es
preciso dar un sentido a nuestro vivir, aunque la vida no tuviera sentido. El
sentido del vivir es ser felices, ser nosotros mismos, alcanzar nuestra plenitud
y asumir la sabiduría de una vida conforme a la naturaleza.
¿Son las urdimbres de la destrucción y de la muerte las que van sostener la
trama de la vida? No, no es posible tanta locura de confundir crecimiento
económico con desarrollo social, beneficio con felicidad y valor con precio.
Ha quedado proclamado el deber de
rebeldía que sustituye al derecho de resistencia ante las nuevas tiranías cuando
padecen los más débiles.
Como decía Jack Keruac, "tenemos que ser vagabundos celestes, romper con el
sistema y echarnos a la carretera para decir a las gentes que es posible la
esperanza".
Albert Camus nos exhortaba: "Tenemos
que hablar. Tenemos que alzar la voz, para que nuestros hijos no se avergüencen
de nosotros, ya que habiendo podido tanto, nos hemos atrevido tan poco".
Porque callar, en tiempo de injusticia nos convierte en cómplices de la
injusticia.
|