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Ceder ante el
terrorismo
Por John Brown
« Leth din ve leth dyan »
(No hay juicio ni hay juez, Rabbi Elisha ben Abuyah)
Tras los sangrientos atentados de Madrid, y la sangrante farsa organizada por el
gobierno del PP para explotarlos electoralmente, las elecciones generales
españolas se centraron en un único tema : la autoría de los atentados. Se impuso
un sórdido bipartidismo indirecto con la alternativa ETA o Al Qaida, cuyos
términos favorecían respectivamente al PP o al PSOE. Al imponerse la verdad tras
la movilización de una parte de la ciudadanía escandalizada por la manipulación
del gobierno -y la pasividad de los partidos de oposición-, la versión que
culpaba a Al Qaida prevaleció sobre la que acusaba a ETA. Los atentados quedaban
así relacionados con la aventura imperialista del PP en Iraq. Una mayoría de
ciudadanos- entre ellos, muchos que no pensaban ir a las urnas- votó, para
acabar con un gobierno indigno y a pesar de su nula solvencia moral ni política,
a las candidaturas del PSOE que prometían la salida de las tropas de Iraq. Acto
seguido, la población española se ha visto sometida a una andanada de
acusaciones de haber cedido ante el terrorismo. La intensidad de la queja
muestra que algo de lo que han hecho los electores españoles ha dolido en lo más
profundo a los agentes del actual « orden mundial ».
Se ha culpado a quienes rechazaron explícitamente la participación de España en
la « guerra contra el terror » de Bush, Blair y Aznar de haber dado la victoria
a Al Qaida, pues han exigido al nuevo gobierno del país lo mismo que pide la
organización terrorista : que España se retire de la guerra de Iraq. Según las
autoridades norteamericanas, Blair y el PP, esto debilitaría la lucha contra el
terrorismo y supondría una « traición ». Curiosa traición esta, cuando se sabe
que 90% de los ciudadanos del Estado Español nos opusimos y oponemos a esta
guerra ilegal e injusta basada en mentiras y obscenas ambiciones, y salimos a la
calle por millones a proclamarlo el 15 de febrero de 2003. La guerra ha sido la
guerra del gobierno y no la de la población.
Sólo la lógica de la
representación, conforme a la cual un gobierno representa y sustituye al pueblo
puede amalgamar la voluntad del gobierno y de un sector de las clases dominantes
españolas con la de la población. Esa lógica de la representación es la que ha
permitido a Al Qaida apuntar a los madrileños para modificar la política del
gobierno. En ello es perfecta la coincidencia de estos energúmenos repletos de
odio teológico con el gobierno del PP y el conjunto del partido del orden.
Con el mismo cinismo exhibido por el PP al apoyar política y militarmente la
guerra de Iraq contra la voluntad de la mayoría, quebrantando la Carta de las
Naciones Unidas y la propia constitución monárquica en nombre de la «
legitimidad » y la « representatividad » del Gobierno, Al Qaida pretende actuar
en nombre de los pueblos árabes y musulmanes oprimidos de Iraq, Palestina,
Cachemira o Chechenia asesinando a 202 madrileños. Curiosa y aterradora
simetría, la de la representación, tan teológica en un caso como en otro. Tanto
el gobierno « democrático » español como la organización integrista islámica
comparten la idea de que, a las poblaciones, hechas de cuerpos, de
individualidades irreductibles, de capacidad de producir y de crear tejido
social se las puede representar por encima de sus voluntades colectivas y
singulares. El Estado « democrático » o el embrión de alucinante « emirato
islámico » que constituye Al Qaida son dos abstracciones, dos hipóstasis
teológicas que ponen entre paréntesis a las multitudes cuya improbable
representación aspiran a ser. Del mismo modo que los españoles son unos
traidores a la guerra contra el terrorismo, los musulmanes que condenan los
atentados de Madrid son infieles al « Islam » y « corruptos ». Carne de cañón
para su guerra.
Sin embargo, es interesante comprobar que, como en todas las mistificaciones,
tanto los gobiernos que bombardearon y hoy ocupan Iraq como los autoproclamados
« representantes » de los oprimidos mantienen en sus argumentaciones algún
contacto con la realidad y que lo que reivindican puede ser perfectamente
asumido por la ciudadanía. Qué piden, en efecto los terroristas ? Aparentemente,
deberían ser cosas terribles e inaceptables y, por ello, nuestros gobiernos las
rechazan con la máxima energía. Sin embargo, incluso en el comunicado racista y
despiadado de la sucursal de Al Qaida que perpetró los antentados de Madrid, las
reivindicaciones esenciales son perfectamente aceptables. De lo que se trata es
de que se ponga fin a la ocupación militar de Iraq y de Palestina, en otros
términos, de que en ambas zonas del mundo se aplique el derecho internacional
conforme al cual ambas ocupaciones son ilegales. Poner fin a estas situaciones
como a otras con efectos igualmente injustos y mortíferos como la de Chechenia o
la de Cachemira, permitiendo así el ejercicio del derecho de autodeterminación
de los pueblos que proclama la carta de las Naciones Unidas no constituye ningún
crimen, sino el fin de una serie de actos criminales. Algo parecido puede y debe
decirse respecto de la situación del País Vasco, donde el Estado español no
reconoce el derecho de autodeterminación de su población. Tampoco es ninguna
monstruosidad que los vascos –que rechazaron mayoritariamente la actual
constitución española– puedan autodeterminarse, sobre todo cuando ese parece ser
el sentir mayoritario de la población y del parlamento de Euskadi. Cabe recordar
que la inmensa mayoría de la oposición antifranquista (PSOE incluido) reconoció
durante años este derecho para las nacionalidades hasta que los militares
españoles les « recomendaran » encarecidamente que renunciasen a
reivindicarlo. Respecto a otra reivindicación vasca ante la cual el gobierno
español siempre ha sido intransigente, a saber el acercamiento de los 600 presos
de ETA al País Vasco, no sólo es perfectamente razonable y humana, sino que
corresponde a la letra y al espíritu de la normativa penitenciaria vigente y, de
nuevo, a la petición muy mayoritaria del parlamento autónomo vasco.
Lo que hace que estas peticiones resulten inatendibles es que las formulen
organizaciones terroristas, que de manera oportunista se hacen eco de la
voluntad de amplias mayorías sociales. Es paradójico que nuestros «
representativos » gobiernos consideren como únicos interlocutores válidos a las
organizaciones terroristas al rechazar sus reivindicaciones sin oir el clamor de
las poblaciones…Ello obedece a que,
tanto las « democracias» como las
organizaciones terroristas coinciden en ignorar toda realidad no representada o
representable y deben, para legitimarse construir el espectáculo de la
representación. Ahora bien, como nos enseñan los clásicos de la doctrina del
Estado la trama de este espectáculo es la de la guerra. Sólo la guerra como
horizonte de la política permite a Estados y enemigos del Estado enfrentarse en
busca de legitimidad. La lógica, implacable, es bastante simple :
lo que
legitima al Estado (o a los candidatos a serlo), lo que hace que se obedezca a
los gobernantes es, en último término, la protección que estos nos brindan
contra un enemigo. El Estado, como la mafia, basa su poder en un intercambio
permanente de protección por obediencia. Exactamente lo mismo hacen las
organizaciones terroristas, que se erigen en defensoras de los oprimidos. Para
que la protección pueda intercambiarse de manera permanente por obediencia, es
necesario que exista un enemigo del que la población deba ser defendida. Si ese
enemigo desapareciera y no fuera rápidamente sustituido por otro, una base
fundamental de la obediencia a los poderes constituidos se desmoronaría. De ahí
que los Estados siempre hayan mantenido en reserva algún enemigo real o
potencial, interno o externo.
Antes de la globalización, fueron países o bloques
militares, hoy son « redes terroristas » y sus « entornos difusos ». Un enemigo
invisible y ubícuo cuyos perfiles pueden siempre redefinirse : lo ideal para una
guerra pemanente.
Para evitar el hundimiento de sus negocios, la mafia suele crear ella misma el
enemigo, haciendo que los comerciantes le paguen un tributo para que la
organización los proteja de los « muchachos » que ella misma enviaría a
destrozar las tiendas en caso de impago. Algo parecido tenemos hoy con esta «
guerra global contra el terrorismo » que provoca terrorismo cada vez a mayor
escala y pretende unir « sin fisuras » a los « demócratas » contra « los
violentos ».
Si las reivindicaciones de los terroristas tienen un aspecto no mistificado y
perfectamente sensato, los gobiernos también mistifican un elemento de la
realidad : la necesidad de seguridad. Nadie puede considerar que esta necesidad
no exista, pues es la base de toda vida civilizada. Lo que ocurre es que cada
vez es menos compatible con el tipo de « protección » que nos brindan los
gobiernos. Una protección que multiplica los enemigos del gobierno que pretende
regir nuestros destinos es un peligro ilimitado. Por motivos de prudencia, de
seguridad ciudadana, de tranquilidad de nuestras familias, es necesario rechazar
este tipo de protección. Más allá de los relatos míticos de la defensa de «
nuestros valores » o de la « guerra global contra el terrorismo » están nuestros
cuerpos, los de los madrileños, de los palestinos, los iraquíes, los seres
humanos cuyas voces no se escuchan en el estruendo del terrorismo y del
antiterrorismo. Nosotros no somos actores de esos relatos fantásticos. No somos
un precio a pagar por defender Occidente, ni la democracia de mercado, ni el
triunfo del Islam, ni la Tierra prometida.
No tiene sentido afirmar que los
30.000 muertos de la invasión americana de Iraq sean el precio de la «
democracia » que se ha exportado a ese país, ni que los 202 de Madrid sean el
inevitable tributo de nuestra participación en la lucha contra el terror. La
seguridad implica tener control sobre nuestras propias vidas y que no puedan ser
expuestas por irresponsables y criminales.
Están nuestros gobiernos dispuestos a luchar hasta la última gota de nuestra
sangre para no ceder a las reivindicaciones de los terroristas, esto es, para
mantener la ocupación de Iraq, la matanza de Chechenia, la expansión israelí, la
transformación de lo que queda de Palestina árabe en una segunda edición del
ghetto de Varsovia ; para seguir negando derechos elementales que reivindican
las mayorías sociales en el País Vasco. Nos dicen que la perpetración de esas
atrocidades en nombre de las cuales debemos arriesgar vidas y haciendas responde
a « nuestros valores ». Si los terroristas afirmaran que hay que acabar con la
miseria y las enfermedades evitables en el mundo, quienes nos gobiernan dirían
acaso que no hay que ceder ante los terroristas y que hay que dejar que se
expandan la pobreza y el SIDA ? Los ecos del 1984 de Orwell no están muy lejos :
« opresión es libertad », « guerra es paz ». Afortunadamente, como ha mostrado
el electorado español, el mecanismo de autolegitimación del poder está empezando
a griparse. Cuando el poder sólo puede ofrecernos un horizonte de guerra, ya no
es capaz de proteger a la población y se convierte en un riesgo para ella.
Frente a la dinámica belicista que nos intentan imponer,
la única respuesta es
pedir que se ceda ante las reivindicaciones justas de las mayorías sociales que
los terroristas explotan de manera propagandista. Ello no quiere decir que no se
deba resistir a las amenazas contra la libertad, vengan estas de los terroristas
o de nuestros propios gobernantes.
Fuente:
http://www.espacioalternativo.org/node/view/310
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