John Laughland
The Spectator
Traducido para Rebelión por Beatriz Morales Bastos
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=5562
4 octubre 2004
El lunes 5 de julio, durante algunas horas, las instituciones de derechos
humanos de todo el mundo vieron sobrecogidas de terror. Slodoban Milosevic
debía emprender la presentación de su defensa en el Tribunal Penal
Internacional para ex -Yugoslavia (TPIY) en La Haya pero, en vez de ello,
la discusión se centró en la frágil salud del ex -presidente que había
empeorado a consecuencia del rigor del proceso. Cuando el presidente del
tribunal, Patrick Robinson, declaró que en adelante sería necesario un
"examen radical" de los debates, muchas almas bienpensantes temieron que
se cumpliera la peor de sus pesadillas -que el principal trofeo de la
comunidad internacional en su cruzada por la moralidad pudiera recuperar
la libertad, aunque fuera por razones médicas.
Pocos militantes de los derechos humanos habían considerado alguna vez
esta salida, y menos aún un veredicto de inocencia. La presunción de
inocencia nunca ha tenido demasiado peso en el mundo altamente politizado
del derecho humanitario internacional. El lunes [5 de julio]
un experto en crímenes de guerra,
James Gow, declaró en Channel 4 que sería mejor que Milosevic muriera en
el banquillo porque si el proceso continuaba con su curso normal, sólo
podría ser condenado por cargos relativamente menores. Semejante
sentencia sería tremendamente incómoda para personas que, como Gow, nos
han certificado que Slodoban Milosevic era tan culpable como todos los
diablos de los infiernos. Afortunadamente para ellos, en el TPIY no se
considera la posibilidad del veredicto de inocencia. Como ha insistido con
satisfacción el profesor Michael Scharf, un especialista universitario del
TPIY, los estatutos del tribunal han sido concebidos de manera que "se
minimice la posibilidad del no-ha-lugar por falta de pruebas", y es un
sentimiento del que la Reina de Corazones de Lewis Carroll se habría
sentido muy orgullosa.
Y, de hecho, los jueces parecen dispuestos a imponer a Milosevic un
consejo de defensa. Lejos de ayudar, la intención es lógicamente debilitar
su defensa exigiéndole que sea representado por un abogado que conozca los
hechos mucho peor que él. Además, esta intención sería contraria a las
primeras estipulaciones de los jueces, opuestos a esta idea -y el nuevo
juez que preside hoy el tribunal se había mostrado especialmente firme,
cuando menos al principio, pretendiendo que eso sería contrario a los
derechos del acusado. Al menos esta medida reconfortará a todas las
personas relacionadas en la acusación. Cuando no ha tratado de conseguir
que el tribunal prohíba fumar a Milosevic -¡una sentencia de muerte para
cualquier serbio!- Geoffrey Nice, el principal acusador, ha intentado por
todos los medios de lograr este giro, aunque sólo sea porque el saldo de
los dos años necesitados para presentar la acusación ha sido completamente
catastrófico.
Desde el inicio del proceso en
febrero de 2002 la acusación ha hecho desfilar a más de cien testigos y ha
generado unas seis cientas páginas de pruebas. Ni una sola persona ha
podido demostrar que Milosevic haya ordenado los crímenes de guerra.
Pasajes enteros del acta de acusación sobre Kosovo se han dejado sin la
menor prueba que los apoye, incluso en los casos en los que la
responsabilidad de Milosevic era más evidente. Y cuando el fiscal ha
tratado de apoyar sus acusaciones, con frecuencia los resultados han
demostrado ser una farsa. De entre lo más destacado podemos citar un
"topo" serbio que supuestamente había trabajado en la administración del
propio presidente y que, sin embargo, no podía decir en qué piso se
encontraba el despacho de Milosevic; o incluso el "secretario de Arkan"
que, como sabríamos a continuación, sólo había trabajado como eventual y
por unos meses nada más en el mismo edificio en su bien conocida calidad
de paramilitar; el testimonio del ex -primer ministro federal, Ante
Markovic, dramáticamente echado por Milosevic, el cual exhibió el propio
diario de Markovic que cubría el periodo en el que este último pretendía
haberse reunido con Milosevic; el campesino albanés de Kosovo que declaró
no haber oído hablar nunca de la UCK aun cuando en su propio pueblo exista
un monumento dedicado a esta organización terrorista; y
el ex-director de los servicios
secretos yugoslavos, Radomir Markovic, quien no sólo aseguró que había
sido torturado por el nuevo gobierno democrático de Belgrado para que
testificara contra su ex-patrón, sino que igualmente reconoció que no se
había dado ninguna orden para expulsar a los albaneses kosovares y que, al
contrario, Milosevic había dado orden a la policía y al ejército de
proteger a los civiles. Y estos testimonios, fíjense bien, ¡eran de la
acusación!
También se han formulado serias dudas sobre centenares de las más célebres
historias de atrocidades. ¿Se acuerdan de un camión frigorífico cuyo
descubrimiento en el Danubio en 1999, repleto de cadáveres en su interior,
se difundió jubilosamente en el momento en que Milosevic era transferido a
La Haya en junio de 2001? Se pretendía haber sacado el camión del río y
haberlo llevado a las afueras de Belgrado donde se había enterrado los
cadáveres en una fosa común. Pero un contraexamen reveló que no había
prueba alguna de que los cadáveres exhumados fueran los de camión, ni de
que ninguno de los muertos proviniera de Kosovo. En vez de ello, es muy
posible que la fosa común de Batajnica datara de la Segunda Guerra
Mundial, mientras que el camión frigorífico podría haber contenido a
kurdos pasados fraudulentamente a Europa occidental y que podrían haber
sido víctimas de un macabro accidente de carretera.
Poquito a poco empezamos a
comprender hoy que las mentiras para justificar la guerra de Kosovo se han
ido elaborando con la misma seriedad con la que más recientemente se han
elaborado las mentiras para justificar la agresión a Iraq.
La debilidad de los cargos de la acusación ha sido puesta en evidencia por
el hecho de que su triunfante conclusión , en febrero, fue difundir un
documental en la televisión realizado hace varios años. Este hecho sugiere
que su maratón de dos años no ha servido para hacer progresar el
conocimiento de la verdad más allá de las toscas historias divulgadas por
los periodistas televisivos de la época. Incluso los partidarios
profesionales del TPIY admiten hoy que la única "prueba" de la
culpabilidad de Milosevic ha sido la "impresión", comunicada por el
general Sir Rupert Smith, de que Milosevic controlaba a los serbios de
Bosnia, así como la declaración de Paddy Ashdown diciendo que él había "advertido"
al ex-jefe de Estado yugoslavo de que se estaban cometiendo crímenes de
guerra en Kosovo. La propia fiscal
general, Carla Del Ponte, admitía en febrero que no tenía suficientes
pruebas para condenar a Milosevic partiendo de la mayoría de las
afirmaciones graves.
Los jueces supuestamente imparciales han sido cómplices en unos grados muy
graves del desastre de estas diligencias. Yo mismo he oído al primer
presidente del TPIY, el juez Antonio Cassere, vanagloriarse de haber
animado al fiscal a dictar condenas en contra de los dirigentes serbios de
Bosnia, una declaración que podría descalificarle de por vida para servir
como juez. En el proceso Milosevic
los jueces han admitido un brillante desfile de "testigos expertos" que de
hecho no han sido testigos de nada. En Gran Bretaña el papel de los
expertos ha sido puesto justamente en entredicho después de que se hayan
puesto en duda, precisamente por haber hecho caso a este tipo de
testimonio, las condenas de unos 250 padres juzgados culpables de haber
matado a sus bebés. Pero en el
TPIY usted puede ser "testigo" sin haber puesto siquiera los pies en
Yugoslavia.
Otros muchos abusos judiciales han sido legitimados por el TPIY.
Hasta tal punto el uso de pruebas
"de oídas" ha escapado a todo control que con frecuencia se permite
testificar a una persona que ha oído decir a alguien algo a propósito de
otro. Para el TPIY es muy habitual proponer reducciones de pena
(cinco años, en uno de los casos) a personas condenadas por crímenes
atroces, por ejemplo, masacres, si aceptan testificar contra Milosevic. El
recurrir a testigos anónimos hoy está particularmente extendido, lo mismo
que la frecuencia de las sesiones "a puerta cerrada":
una ojeada a las minutas del TPIY
revela cantidades impresionantes de páginas borradas porque en el tribunal
se han discutido cuestiones muy sensibles -sensibles, esto es, delicadas
para los intereses de seguridad de las grandes potencias que controlan el
tribunal- y, en primer lugar, Estados Unidos. El punto más bajo del
TPIY se alcanzó el pasado mes de diciembre cuando el ex-comandante supremo
de la OTAN, Wesley Clarck, testificó en el proceso a Milosevic.
El Tribunal permitió al Pentágono
censurar los debates y las minutas no fueron liberadas hasta que
Washington no lo autorizó. Esto dice mucho de la transparencia e
independencia del TPIY.
De forma bastante irónica, Slodoban Milosevic tiene un aliado objetivo: el
primer ministro británico. Hoy existe una posibilidad real de que se pueda
asegurar una condena de Milosevic por la sola interpretación, lo más
amplia posible, de la doctrina de la responsabilidad del mando. Por
ejemplo, afirmando que estaba al corriente de las atrocidades cometidas
por los serbios de Bosnia y que no hizo nada para ponerles fin. Pero si
Milosevic puede ser convicto de complicidad en los crímenes cometidos por
personas de un país extranjero y sobre las cuales no tenía ningún control
formal, ¿cuánto mayor no es la complicidad del gobierno británico en los
crímenes cometidos por Estados Unidos, un país en compañía del cual Gran
Bretaña formaba una coalición oficial? No se trata de una broma política
barata sino de un grave enigma judicial: Reino Unido es unos de los
firmantes del nuevo Tribunal Penal Internacional y, por ello, Tony Blair
está sometido a la jurisdicción del nuevo cuerpo instalado en La Haya y
cuya jurisprudencia será copiada de la del TPIY. Por lo tanto, si Slodoban
Milosevic es condenado a diez años de prisión en Scheveningen en razón de
los excesos cometidos por sus policías, en este caso una lógica jurídica
querría que, a su debido momento, su compañero de celda fuera Tony Blair.